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Según nos narra D. Feliciano Sierro Malmierca, en su pregón de
las fiestas patronales del año 1994:
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El general Mackinnon, nació en 1773 cerca de Winchester, en
Inglaterra.
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Su educación militar la inicio en Francia, dónde Napoleón
Bonaparte, también estudiante militar por aquel entonces,
visitaba frecuentemente su casa y mantuvo desde aquellos
momentos una estrecha amistad con la familia Mackinnon.
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Mackinnon se enroló en el ejército a los 15 años, sirviendo
durante tres como subalterno en el 43º Regimiento, y pasando
después a los Guardias de Coldstream. Participó en la represión
de la rebelión irlandesa, como voluntario en Egipto y en el
bombardeo de Copenhagen de 1807. En 1809 se alistó en el
ejército portugués, con el que intervino en la célebre travesía
del Duero dirigida por Wellington. Tomo parte destacada, con el
ejército inglés, en la batalla de Talavera, dónde le mataron dos
caballos, y desarrolló una meritoria labor al hacerse cargo del
hospital militar.
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En la batalla de Busaco, en la retirada de los ingleses hacia
Portugal, demostró tanto arrojo y valor, que Wellington le
felicitó personalmente nada más concluida la lucha.
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De la misma forma se comportó en la batalla de Fuentes de Oñoro
al frente de su brigada.
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En el cerco de Badajoz tuvo una recaída de una enfermedad
contraída en Egipto, y marchó a Inglaterra durante unas semanas
para reponerse.
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En 1804 había contraído matrimonio con una hija de Sir John Call,
quién plantaba en su jardín un laurel por cada acción de guerra
en la que participaba su marido, y en esta última estancia de
Mackinnon en Inglaterra, su mujer lo llevó a pasear por entre
los laureles, y quizá por el impulso de una premonición, de un
presentimiento, le dijo él con cierta tristeza que, algún día
tendría que plantar un ciprés al final de los laureles.
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En el asalto a Ciudad Rodrigo, le fue confiado el ataque
principal. Dirigir la 3ª columna de ataque, de la 3ª división
del Tte. General Picton, y embestir la "Gran Brecha" con los
regimientos 45º, 74º y 88º.
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Desgraciadamente, el General Mackinnon, murió en este asalto a
la "Gran Brecha" de Ciudad Rodrigo, al explosionar los franceses
una mina cuando iniciaban su retirada hacia el interior de la
ciudad.
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El General Mackinnon fue hallado muerto en la mañana del día
siguiente al asalto, tumbado boca arriba. Era un hombre alto y
delgado. Le habían quitado la casaca y hasta las botas. Estaba
solo con la camisa y los calzones azules. Fue enterrado en una
zanja abierta junto a la brecha, entre un montón de cadáveres.
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Poco después de haber sido enterrado, llegó desde Espeja un
destacamento de los Guardias de Coldstream al mando del oficial
Stepney Cowell, para recuperar, si era posible, el cuerpo del
General Mackinnon.
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Después de descombrar y retirar la tierra del lugar dónde había
sido enterrado, y de remover varios cadáveres, se encontró
debajo de ellos el cuerpo de Mackinnon que, un sargento del
pelotón, se encargó de transportar a Espeja.
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Antes de proceder a su entierro el oficial Stepney Cowell le
cortó al cadáver un mechón de sus cabellos y se lo entregó al
Teniente Coronel Richard Jackson, amigo y compañero de armas del
General, para que se lo entregara a su viuda como el más
apropiado recuerdo.
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El día 23 de enero de 1812 fue enterrado con los honores
militares correspondientes a su rango, en la plaza de Espeja, en
lugar cercano a su iglesia de San Lino. El féretro que contenía
sus restos mortales fue llevado a hombros hasta el sepulcro por
oficiales compañeros de la Guardia de los Coldstream, de la 1ª
división Picton, al mando del General Brent Spencer, que estaba
acantonada en esta villa.
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Tenía Mackinnon al morir 39 años, y se dijo entonces que
Inglaterra había perdido una de las más brillantes promesas de
su ejército. Cuando Napoleón fue informado de su muerte,
demostró mayor sentimiento que por la pérdida de un simple
amigo.
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Reconquistada Ciudad Rodrigo, Lord Wellington marchó en la
mañana del día 20, festividad de San Sebastián, a su cuartel
general ubicado en Gallegos de Argañán, dónde el mismo día
redactó el parte de ataque y conquista de Ciudad Rodrigo,
mostrando en él su agradecimiento escribiendo al final de su
informe:
"... A todos los pueblos de Castilla, por los auxilios que me
han prestado. Estos pueblos han manifestado constantemente su
odio a la tiranía francesa y su deseo de contribuir por todos
los medios posibles a extirparla ..."
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El 9 de junio, Lord Wellington estuvo en Espeja para revistar su
ejército, según se lo manifiesta por carta el General Castaños
al Conde de España, poco antes de darle la orden de marcha para
enfrentarse, el 22 de julio, con el ejército francés en la
batalla de "Los Arapiles".
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Espeja se vio desde entonces libre de los ejércitos franceses
invasores, que a su paso por esta villa habían destruido la
antigua ermita de San Cristóbal, que estaba ubicada en el Teso
del mismo nombre, y en dónde aún hoy se manifiestan los
cimientos de sus ruinas.
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En esta ermita se situaron los franceses para atacar Espeja,
cuenta la leyenda popular, 40 ó 50 pegueros trataron de repeler,
sufriendo Espeja por esta causa su especial desafuero. De aquí
parte la rima que decía:
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